domingo, 11 de marzo de 2012

Por qué los monopolios atacan a La Cámpora

Alguien se preguntó a fondo por qué Clarín y La Nación atacan furiosamente a los pibes de La Cámpora? En los últimos meses la balacera mediática siguió al pie de la letra el cuadernillo de instrucción de los monopolios: identificaron al “enemigo”, trataron de aislarlo y van ahora por el asalto final.

No buscan discutir democráticamente con esa militancia joven que se incorporó a la política; buscan quebrarlos y sacarlos del mapa de la política mayor. Tarde piaste. Los chicos crecen.
El objetivo crucial es aislar a Cristina del proceso histórico que desde hace 200 años, en cada encrucijada, lideró la juventud. Que gestione, pero que no haga historia ni alumbre el porvenir.

En esta faena, una oposición peleada con la realidad se sube al lomo de los poderosos y repiten sus injurias.
Dan vergüenza ajena.
El kirchnerismo avisó antes de entrar a la Casa Rosada cuál era su propia historicidad, sus raíces, sus mojones, su huella, la dirección de sus vientos.
“Volvieron”, mascullaron rabiosos los que habitan las guaridas del poder.
“Volvimos”, celebraron los derrotados, los perseguidos, los ninguneados por la historia oficial mitrista.

El kirchnerismo, como pluma silvestre de la memoria popular, escribe esa constancia de los no vencidos y la perseverancia con una causa, un destino y una lealtad inquebrantable con el pueblo.
Más que un encuadramiento orgánico, es una idea, un proyecto, una mística colectiva.

La Cámpora, al recoger las botellas del último naufragio, no se quedó en las orillas del mar a escribir una oda a la melancolía setentista. Leyó el mensaje, los reinterpretó y se largó a crecer con sus propias alas. Si lo hubieran hecho sin raíces, ningún gallo cantaría. Hay que desmontar una por una las piezas del argumento falaz de los destituyentes.
Aquella juventud de los setenta creció de abajo hacia arriba. Y ésta de ahora, también.
Sólo que aquélla lo hizo desde el llano, en un país dependiente pero no destruido y el 49,59% de los votos al Tío Cámpora, un día como hoy, 11 de marzo de 1973.
Y ésta lo hizo desde el magro 22% de Néstor Kirchner, en un país destrozado por sus cuatro costados, desde un gobierno que rompía con el Alca y enfrentaba a los genocidas y al FMI al mismo tiempo. Y ya no estaba Perón. De allí al 54% de Cristina: ¿fueron o no de abajo hacia arriba? Hay continuidad y ruptura, seguramente, en la trama escrita desde entonces.

Le corresponde a esta generación tomar lo que le sea necesario y conveniente de aquella experiencia colectiva y del mismo modo, corregir, transformar, descartar, mejorar e inventar el sustantivo del cambio que corresponde a esta nueva época.
La mirada camporista, como idea sustancial del peronismo que transforma la realidad desde los intereses de las mayorías populares, está en el origen del movimiento creado por Perón. No con ese nombre, obviamente; sólo que después del largo exilio de Perón y de la Resistencia, será el nombre de Cámpora el que resumirá y expresará una forma de interpretar la política, la militancia, el país, el continente, los derechos sociales.
No se podría tributar a esa vertiente ninguna tara de la derecha liberal conservadora.

Por el contrario, el camporista es el militante nacional y popular (peronista o no) que no transa, que no traiciona, que no defecciona, que prefiere partir en soledad a lamerse las heridas de un olvido antes que dar una pelea interna por los cargos o los oropeles del palacio de invierno.
El camporista, siglo XX o XXI, no hace gorilismo con Evita suprimiendo a Perón ni con Néstor anteponiéndose a Cristina.
Conjuga en armonía a Evita y Perón, a Néstor y Cristina, a los laburantes y a los estudiantes.
Él sólo quiere la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación. No tiene otro destino. No sirve para otra cosa.

El setentismo, que es el camporismo en una hoja del calendario, quedó inconcluso allá en el fondo de la historia. Por eso el kirchnerismo no es la repetición de nada ni de nadie, sino la versión que se corresponde con esta etapa. Nadie puede repetir lo que finalmente no fue. Y aquel camporismo, en verdad, no fue. Se anunció en sociedad, mostró sus banderas y cantó sus consignas, le dio categoría política a la lealtad, batió las alas para volar muy alto y no fue. Pero quedó su alma.

Desde su derrota, lopezreguismo, dictadura, menemismo, mercachifles mediante, cualquiera de sus figuras representativas era sinónimo maldito de los setenta. Nombraban a un maldito setentista y a renglón seguido se advertía: “De eso no se habla”. Y no se habló hasta que llegó Néstor Kirchner al escenario nacional y sin que nadie se lo pida se puso a andar, avisando de entrada que él era uno más de aquella generación, con sus aciertos y sus errores, con su entrega, con sus convicciones.

“Hablemos”, dijo Kirchner. Y empezaron a hablar con la sociedad.

¿Pero qué había cambiado en el país y en el interior de un “nosotros” que volvía? La derrota no los venció y una hebra de aquel tejido cultural que había quedado desflecado, fue recuperada. Asimismo, antiguas categorías políticas superlativas robustecían el nuevo rumbo político: la plena identificación con la democracia, la resolución pacífica de las contradicciones, el abandono de cualquier forma de violencia.

Es que el vientre blindado de la época que había parido el desapego con una democracia que no se conocía, el vanguardismo iluminado y la violencia como método, ya era parte del pasado.
Kirchner lo supo primero. Cristina lo completó. La Cámpora los siguió.
Esa es la razón de tanto odio.

La encrucijada entonces es la de una sociedad, no de un buró político; es la de un país que se preguntó el “ser o no ser” de su destino.
O saltaba el cerco del neoliberalismo, definitivamente. O retrocedía. Y decidió saltar.
Allí está la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, la construcción del Mercosur y la Unasur y la causa soberana de Malvinas.
Por eso el diablo se retuerce de odio en su madriguera y, a falta de cuarteles, escribe las editoriales de los diarios y ordena a un mercenario publicar un libro.


Por Jorge Giles.

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